El cheesecake, para otro año


Otra vez esa sensación... pero esta vez el cheesecake y el tradicional café se quedaron en el bar del aeropuerto, esperando mi llegada. Sin embargo mi estómago no podía comer, unas manos invisibles lo apretaban, al igual que mis pulmones, que se partían y unas tímidas lágrimas me asomaban. Y seguiré yendo veinte años y me seguirá pasando lo mismo. Esa sensación de tristeza nunca desaparece.
Me voy. Me fundo en un tierno abrazo a mi gente y siento como ese calor tan fuerte tiene que romperse y debo pasar el control de policía. Un adiós al que nunca me acostumbro entre las palabras tiernas de mi familia y el peso de las maletas, que siento que también llevan mi corazón.
Es una mierda vivir lejos de la gente que quieres.
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